Die Diesel-pumpe ist gelb

El frío ya esta aquí, así como la noche a las cinco de la tarde…

Se prepara el invierno por aquí, y la verdad es que (frío aparte) da gusto tener estaciones. En realidad, en Reims hay tres estaciones (otoño, invierno, primavera) y la sospecha de verano, pero sin confirmar.


El trabajo va a tope, ya he empezado con el proyecto de RRHH y hay tela para rato, al menos un 40% de dedicación y no menos de un viajecito al mes durante los próximos 6 meses. Por otro lado he conseguido que las cosas se muevan en el Dep. Médico, cosa de la que la verdad estoy orgulloso, están muy interesados en la descripción y optimización de procesos y de ahí puede salir un proyecto internacional muy muy guapo (falta que haya presupuesto…).

Hablando de viajes, acabo de volver de una semana en Mainz (en castellano Maguncia, en francés Maianz… porque le cambian el nombre según el idioma? Ni idea…) en donde asistí a un seminario de finanzas: “Finance for non-financial Managers”. Es un curso de la BI Academy (para los no Boehringer: es el órgano de formación a nivel corporación) que esta realmente bien. Para aquellos de Boehringer que quieran tener una primera visión de porque se hacen las cosas que se hacen en contabilidad y finanzas, es el curso, lo recomiendo. Además, si os toca Thomas Cullen (el formador), os gustara, es muy ameno y domina un huevo…

Como en Reims estamos a menos de 400 km de Ingelheim, usamos coches de alquiler para desplazarnos. Para la ocasión me toco un Citroën C6 alicatado hasta el techo (full equipe vaya): automático, GPS, Regulador de velocidad, teléfono integrado… Una maravilla!

Salí de aquí el domingo 2 de noviembre (Gloria y Nico se habían ido a pasar la semana a Barcelona) y volvía el viernes 7 por la tarde. Son unas tres horitas según si le puedes dar caña o no (en Alemania te puedes poner a 170 sin problemas, Gloria no leas esto último).

Después de comer en Mainz con un colega de Corporate, me metí en el coche dispuesto a llegar a casa a eso de las 18:30h.

Por el camino, justo antes de la frontera, me pare a repostar en una gasolinera al borde de una autopista secundaria (en Alemania es difícil encontrar gasolineras “de autopista”, están normalmente en núcleos urbanos).

Me bajo, cojo la manguera del surtidor amarillo y empiezo a repostar… A medio deposito me doy cuenta de un detalle: “mira, hay dos surtidores amarillos…. Y el mío es… de gasolina super!!!!!!!!!”

Las cuatro y media de la tarde.

JO….DERRRRRR!!!!!

Vaya metida de pata!!!!

Quien habrá sido el lince de poner los surtidores de diesel y gasolina del mismo color??!! En inglés macarrónico, un empleado de la gasolinera me comenta que soy el tercero del mes…

Bueno, una vez cometida la pifia, tenía que reaccionar. No hay problema, llamo al servicio de soporte de Europcar y en un plis plas me arreglan el problema, para eso pagamos, no?

Pues no! No fue más que el principio de la rocambolesca aventura que viví a partir de ese momento

Todo empieza con el nimio detalle de que todos los números que vienen en los papeles del contrato son utilizables… sólo en Francia. Nada, paciencia, llamo a Nathalie Lebon, mi jefa actual, y cruzo los dedos para que no haya cogido un RRT (que son los días libres extra que tenemos por lo de las 35 horas…). Afortunadamente (y fue de las pocas fortunas de la tarde) estaba en el despacho y pudo llamar por mi a Europcar. “No te preocupes, te llaman enseguida para hacerse cargo”. Tras una hora, nada. Vuelvo a llamar a Nathalie “No te han llamado? Les llamo enseguida”. Finalmente me llaman para preguntarme donde estoy, intento averiguarlo. En la gasolinera, el que hablaba inglés ha terminado su turno. Ahí estoy yo, con un francés al teléfono y un alemán delante de mí y yo en medio, intentando saber donde diablos estaba. Cabe decir que además el tío del soporte se puso enseguida a la defensiva, como si yo ya le hubiera pegado la bronca (eso fue mucho más tarde), con lo cual la comunicación se hizo más “difícil”.

Con los alemanes pasa un hecho curioso: si sabes hablar un poco, por poco que sea, de alemán, aunque sean dos frases y cuatro palabras (mi caso), se te largan a hablar, despacio eso si.

Sienten una especie de agradecimiento porque intentes hablar su idioma (Mark Twain dijo: “la vida es demasiado corta para aprender alemán”), de manera que te ayudan, a su manera: enseñándote con el ejemplo lo difícil que puede ser entender absolutamente nada.

Así que mientras el servicio de soporte francés me ponía una musiquita de espera, un gasolinero alemán me explicaba con profusión de detalles (en alemán) sobre un mapa donde nos encontrábamos. Pude dar una dirección y me puse a tener paciencia, una vez más. El empleado de la gasolinera, muy simpático, me daba conversación, en alemán.

Eran las seis y media.

Nada, nadie. Esperaba el rescate mientras veía como los coches y camiones iban y venían. Había llamado ya tres veces para ver “que hay de lo mío” (pude encontrar entre los papeles del coche el numero internacional). Finalmente, me llaman. Otra persona. “Sprechen sie deutsch?” “Joder!” pensé. En el tono mas serio y calmado que pude les dije que no, que si acaso inglés. No hubo problema, hablaba inglés (la segunda suerte del día). El problema era que no sabían muy bien donde estaba, así que tenia que darles la dirección (no había ya pasado por esto antes?). Idea luminosa: mi amigo el gasolinero. Lo puse al teléfono y pudo indicarles donde estábamos (que, de lo que pude entender, era lo que yo ya les había comunicado). En fin…

 A las ocho de la noche (era ya noche cerrada, desde hacía rato) llega el camión. “Sprechen sie deutsch?” Otra vez! Va a ser que no… Afortunadamente (iban tres, pero era la última) hablaba un inglés mas que correcto. Yo esperaba que sacara un aparato y me vaciara el depósito, pero tras comentarle la avería me dijo que no podía ni tocar el coche, que estaba en garantía (tenia unos 6000 km) y que solo un concesionario Citroën podía hacer algo. Se puso a hablar con el centro de asistencia mientras yo me comía la que iba a ser única cena de la noche: dos barritas de Twix.

“Remolcamos coche y le llevamos al concesionario de Homburg. Allí un taxi lo recoge a usted para llevarle a Saarbrücke donde le darán otro coche”. Hice mis cálculos y me vi en casa a eso de la una. No era muy prometedor, pero bueno.

A todo esto deciros que al día siguiente tenia que estar en Paris para ir a recoger a Gloria y al enano. Como no tenía que devolver el coche hasta la tarde del sábado, lo quería usar para ir a buscarlos y de esta manera darles una sorpresa. Llegaban a la una de la tarde, así que llegando a casa a la una y teniendo que salir de Reims a eso de las 11:30h, tenía las horitas de descanso justas.

 Llegamos al polígono industrial de Homburg. Todo cerrado (Alemania, nueve de la noche, recordáis?). Una niebla que se podía servir en bol. El hombre (muy amable por cierto) descarga el coche y me indica donde puedo dejar las llaves una vez llegué el taxi. Durante el trayecto me comentó que había hecho bien en no arrancar el motor. Los diesel “de antes” podían tolerar una cierta cantidad de gasolina y funcionar, pero los modernos, con la inyección electrónica, cascaban con una proporción tan aparentemente ridícula como 50 a uno. Le había pasado hacia quince días a una señora con su Mercedes. El de la gasolinera le dijo que pusiera diesel encima, que tirara. A los tres kilómetros el motor estalló. Literalmente. El coche no era mío y ya estaba bastante hasta las gónadas, pero de todas maneras me alegré de no haber hecho estallar un motor. El hombre (repito, muy amable) me dio su tarjeta “por si la policía se para a preguntarle que hace por aquí, que puedan llamarme para que les explique. Es que no hablan mucho inglés”

Las nueve de la noche.

Perdido en un polígono industrial, con una niebla que no dejaba ver el otro lado de la calle, esperaba un taxi. Que no venia. Vuelta a llamar al servicio de atención. Cambio de planes. No era en Alemania que tendría en coche, era en Francia (a 30 kms).

Una hora más, las diez de la noche, sin taxi. Más llamadas. Afortunadamente durante este año he aprendido a cabrearme en francés, así que pude exponer “mis puntos de vista” con claridad. Otro cambio de planes: finalmente no habían coches disponibles (claro, mientras hacía el papelón esperando, media Europa se había ido de fin de semana) y que tenía que dormir en Sarreguemines, en Francia.

El taxi no llego hasta pasados 45 minutos (y tres llamadas de cabreo). Era la taxista más vieja de Alemania. Es como si hubieran cogido a la Sofía de “Las Chicas de Oro” (os acordáis?), pero sin el “Sicilia, 1920…”, porque hablaba en alemán, exclusivamente en alemán.

Cargué mis trastos en coche y nos adentramos en la niebla.

Me empezó a farfullar cosas mientras conducía con una mano, la otra la usaba para aguantarse la cabeza, que se le caía. En radio había lo que supongo era el radio teletaxi de la región, una sucesión de canciones con tubas, acordeones y cantantes femeninas que solo podía imaginar vestidas en traje tirolés. Se las sabía todas. Y las tarareaba alegremente mientras aceleraba en la niebla. Todo bien hasta que llegamos a las curvas. Básicamente, las curvas era algo que le pasaba. No había planificación ni anticipación, si llegábamos a una curva, seguía recto hasta que no le quedaba mas remedio que girar. Fue así durante la media hora de trayecto que nos separaba de mi muy merecido descanso.

Llegamos a Sarreguemines. Penúltimo escollo, a la señora le habían dicho que tenía que llevarme al pueblo, pero nada más. “Hotel?” le digo yo con un tono de desesperación “Kein hotel!” me dice. Que no sabia de que le hablaba, vaya. Afortunadamente me habían llamado del hotel para decirme donde me dejaban la llave de la habitación (si, cerraban la recepción a las once). Como tenia el número en mi móvil (casi sin batería), pude llamar y guiar a la buena señora hasta el hotel.

La llave estaba debajo de la maceta indicada, podría dormir aquella noche (no sin antes echar la nada despreciable araña residente de la habitación). Era casi medianoche.

Al día siguiente tenían que llamarme para indicarme donde estaba el coche de reemplazo. Pues no estaba en el pueblo, tenia que llegar “por mis propios medios” (o sea, pagarme un taxi), para llegar a Forbach, a unos treinta kilómetros de allí.

Tenia que recogerlos a la una, estaba a unos 300 kilómetros del aeropuerto, eran las ocho de la mañana, lo tenía justito justito.

Llego a Forbach, y tras mas de media hora de papeleo me dan las llaves de un… C3! En fin, era lo que había…

Llegue al aeropuerto justo cuando Gloria y Nicolás desembarcaban, así que bien esta lo que bien acaba.

Lecciones aprendidas:

  • Tengo que aprender alemán, aunque sea por cagarme en todo y que me entiendan
  • Jamás de los jamases volveré a confundir el diesel con la gasolina
  • … Y como dice un proverbio catalán: “Nunca pidas a Dios que te envíe todo lo que eres capaz de soportar…” … Te sorprenderías….
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